UN NIÑO, LA LLUVIA Y UN MILAGRO

El poder de un milagro en nuestras acciones diarias.
“Hay dos formas de ver la vida: una es creer que no existen milagros, la otra es creer que todo es un milagro.”
Albert Einstein (1879-1955)
Por: Winston Samuel Ojeda
Hay historias que circulan por las redes sociales que conmueven, otras que sorprenden y muchas más que pasan sin dejar huella, porque ni emocionan ni inspiran.
Pero esta que estás a punto de conocer es diferente.
Es una de esas historias que llegan directo al corazón, que te estremecen por su sencillez y por la fuerza del mensaje que encierran.
Una historia que, sin duda, te invitará a detenerte, a reflexionar… y quizás a mirar la vida con otros ojos.
Un niño se quitó la sotana de acólito al terminar la misa, se puso su ropa normal y le dijo al sacerdote con entusiasmo:
—Padre, ¡ya estoy listo!
El sacerdote, sorprendido, preguntó:
—¿Listo para qué?
—Para salir a repartir nuestros volantes —respondió el pequeño con una sonrisa.
El sacerdote suspiró y dijo:
—Hijo, hace frío y además está lloviznando.
El niño, con una mirada decidida, replicó:
—Padre, hay gente que necesita saber de Dios… incluso en los días lluviosos.
El sacerdote dudó un instante, pero al ver la convicción del muchacho, le entregó los volantes y dijo:
—Está bien, pero ten cuidado.
—¡Gracias, padre! —respondió el niño antes de correr bajo la lluvia.
Durante dos horas caminó entre las calles mojadas, entregando un volante a las pocas personas que encontraba.
Ya con el último en la mano, se detuvo en una esquina vacía. No había nadie.
Entonces miró hacia una casa cercana, subió al porche y tocó el timbre.
Esperó… nadie salió.
Tocó de nuevo, golpeó con los nudillos, insistió una y otra vez.
Algo en su corazón le decía que no se fuera.
Finalmente, la puerta se abrió despacio.
Una señora con el rostro triste asomó la mirada.
—¿Qué puedo hacer por ti, pequeño? —preguntó con voz apagada.
El niño, sonriendo con dulzura, dijo:
—Perdón si la molesté, señora, pero solo quería decirle que Dios realmente la ama.
Le entregó el volante y se marchó bajo la lluvia.
La mujer, conmovida, apenas alcanzó a murmurar:
—Gracias, hijo… que Dios te bendiga.
El siguiente domingo, durante la misa, el sacerdote preguntó si alguien quería compartir un testimonio.
Suavemente, en la fila de atrás de la iglesia, una señora mayor se puso de pie. Cuando empezó a hablar, una mirada radiante y gloriosa brotaba de sus ojos:
—Nadie aquí me conoce —comenzó—. Mi esposo falleció hace poco y me quedé sola en este mundo. El domingo pasado, mientras llovía afuera, también llovía dentro de mí. Había decidido terminar con mi vida…
Entonces, tomé una silla y una soga y subí hasta el ático de mi casa. Subida en la silla, amarré y aseguré bien un extremo de la soga a una de las vigas del techo y luego puse el otro extremo alrededor de mi cuello.
Parada en la silla, tan sola y con el corazón destrozado, estaba a punto de tirarme cuando de repente escuché el timbre de la puerta sonar con insistencia.
Entonces me dije: “Esperaré un minuto y quien quiera que sea se irá”. Esperé y esperé, pero el timbre de la puerta sonaba cada vez con más insistencia y luego la persona empezó a golpear la puerta con fuerza.
Entonces me pregunté, ¿quién podrá ser? ¡Jamás alguien toca mi puerta o viene a verme!
Me quité la soga del cuello y bajé hasta la puerta, mientras el timbre seguía sonando sin parar.
Cuando abrí la puerta no podía creer lo que veían mis ojos: frente a mí estaba un niño empapado, pero radiante de felicidad, con la sonrisa más angelical que jamás hubiera visto.
Su sonrisa, oh, ¡nunca podré describirla! Las palabras que salieron de su boca hicieron que mi corazón muerto hace tanto tiempo diera un vuelco y volviera a la vida, cuando me dijo con voz de querubín:
—Señora, sólo quiero decirle que DIOS realmente la ama.
Cuando aquel angelito desapareció en el frío y la lluvia, cerré mi puerta y leí cada palabra del volante.
Entonces subí al ático para descolgar la soga. Ya no la necesitaría más. Como ven, ahora soy el resultado de un gran milagro, una feliz hija del Señor.
La iglesia entera quedó en silencio. Muchos lloraban.
El sacerdote bajó del altar, abrazó al niño y, con voz quebrada, dijo:
—Este pequeño fue el instrumento que Dios usó para salvar un alma.
Probablemente, aquella iglesia jamás volvió a vivir un momento tan glorioso.
A veces, los milagros no llegan con truenos ni relámpagos…
Llegan disfrazados de un niño empapado bajo la lluvia, de una sonrisa o de una palabra sencilla dicha a tiempo.
Nunca subestimes el poder de un pequeño acto de amor, porque para alguien allá afuera puede significar la diferencia entre rendirse o volver a vivir.
*Winston Samuel Ojeda es conferencista, consultor y escritor con más de 40 años de experiencia impartiendo talleres y seminarios. Su oratoria impactante y amena abarca temas relacionados con el crecimiento personal, el liderazgo, las ventas, la familia y el mundo del Network Marketing.
Regístrate para recibir 5 videos SIN COSTO y empieza a romper las barreras que te impiden lograr tus metas a través de un mensaje de inspiración. https://unminutoparatuexito.com




Comments
Sin palabras mi querido Winston!
GRAN MENSAJE, SIEMPRE INSPIRADOR, GRACIAS WINSTON, UN ABRAZO